viernes, 21 de noviembre de 2014

Regata Salinas - Isla Galapagos. La aventura de la tripulación del Garufa


Por Karen Boch

El Garufa, velero alquilado, clase  J 35,  de 11  metros de eslora, 3 manga. Con un motor interno, un baño y 4 cuchetas cómodas, cocina con 2 anafes y completo con instrumental para navegación oceánica , radar, GPS con carta interno y externo, sumado a nuestros elementos personales de navegación y  un listado interminable de elementos de seguridad que fueron inspeccionados por las autoridades del evento. Gracias a la colaboración de mucha gente y sponsors, llegamos a tiempo con todo.

Arrancamos el día temprano para terminar los últimos detalles del armado para zarpar.
A las 11 soltamos amarras del Salinas Yacht Club para poner rumbo a la largada, con muy poco viento. Luego de una hora de postergación, toda la flota largó junta en una única largada con spy hacia una boya fondeada a 3 millas a sotavento; para luego poner rumbo directo a la Isla San Cristóbal, en Galápagos. En un principio navegamos tirando bordes para ir al sur de la ruta marcada, esperando mejor viento y ángulo. La derrota planificada sería de la línea recta que une ambos puntos, iniciando un poco al sur, para luego patinar con escotas abiertas lo más rápido posible. Las guardias ya pre establecidas en dos equipos de cuatro mujeres arrancaban a las 19. Por lo que aprovechamos para trabajar en equipo y darle la máxima velocidad al barco.

Las guardias estaban integradas por Annabella Correa, Ariana Villena, de Ecuador, Aurelia Zulueta y Josefina  Eluchans, de Chile. El segundo equipo, las argentinas Francisca Guerreo y Gabriela Urristi con las ecuatorianas Inge Campoverde y María de los Angeles Fernandez. Y yo, la capitana, quedaría libre para ambas guardias, debido a que por costumbre y responsabilidad del cargo, paso las noches despierta haciendo la navegación, chequeo del barco y quedo a disposición para cualquier maniobra.


A las 19 y con la primera guardia haciéndose cargo de la navegación, el resto de la tripulación entró para descansar. La navegación en ceñida con 15 nudos de viento, sumado a las 9 mochilas y comida para 4 días, no hacía muy cómodo el habitáculo. Como es costumbre baje a chequear la carta, exclusas de cocina, baño, tambuchos bien cerrados, el de proa estaba mal cerrado, por lo que ya había entrado algo de agua; revisar el  estado de carga de las baterías, razón por la cual se decidió prender el motor  y secado de  sentina que tenía agua supuestamente de lo que había ingresado por el tambucho.

El clima era optimo, el viento se venía franqueando y el barco caminaba muy bien, veníamos pasando algunos veleros que teníamos cerca y  al mismo tiempo esquivando líneas de pesca que en esta zona por suerte están iluminadas.  El motor, que estaba encendido, sin que nadie intervenga bajó sus revoluciones y se apagó de repente, sin llegar a completar la carga de las baterías. Sin baterías no tenemos instrumental, luces ni radiocomunicaciones, las cuales debíamos realizar al paso de cada 60 millas. En último recurso: contábamos con  un teléfono satelital, que previamente la noche anterior habíamos dejado cargando.

Entro al barco, destapo el motor, chequeo que el filtro tenga combustible, chequeo visualmente todo el motor para poder ver si había algo desconectado. Todo se veía bien, pero el motor no arrancaba. Previamente, la semana anterior a esta regata pedí reunión con el mecánico, se hizo todo el servís completo y repasamos cómo purgar el motor, debido a que luego de una práctica nos quedamos sin gas oil.

Con dos tripulantes como asistentes comenzamos a organizar las herramientas que eran necesarias para esta tarea, mientras de fondo se volvía a escuchar agua dentro de la sentina. Quedé como tildada, intentando comprender la situación, en silencio escuchando esa ola interna, se sentía más fuerte en popa, por detrás del motor. Le pedí a Francisca, que estaba descansando en la cucheta de popa, que observara el timón, mientras yo salía al cockpit por llamado de la guardia a cargo, que tenían un pesquero haciendo señales con un reflector y tenían dudas de qué hacer; cuando vimos claramente la luz de la boyita del trasmayo, derivamos para pasar por el lado correcto, luego volví a adentro y me comentaron que entraba agua por alguna parte del timón; con linterna en mano, me deslizo rápidamente por la cucheta hacia popa, al lugar donde se encuentra todo el sistema de timón y guardines. Me quedé observando la gran cantidad de agua ingresando claramente por el eje del timón. Si se rompía el eje, que ya tenía juego, el velero se hundiría rápidamente; tiempo en el cual debía desplegar dos balsas salvavidas y subir a ocho tripulantes de noche en el océano Pacifico, con mucha profundidad…Tardé un par de minutos en entender la situación, analizar si tenía alguna manera de controlar esa vía de agua y pensar qué comunicarle a la tripulación, sin preocuparlas o asustarlas. Ya sabía que el ingreso de agua por el eje del timón y la fisura de la limera no eran solucionables ( todo esto fue revisado una semana antes y chequeado en las prácticas y la primera regata).

Volví a deslizarme para salir y llegar nuevamente al sector del motor, Inge y Francisca ya estaban quitando el agua con  baldes. Les comenté brevemente que el agua entraba por el timón y que había que sacarla, pero no hice ningún comentario más, mi objetivo como capitán sería intentar arrancar el motor, para cargar lo máximo posible las baterías y, en algún caso de emergencia, tener energía para el VHF y las luces de navegación.

Yo, gracias a los distintos cursos que me brindo Prefectura Naval Argentina y los simulacros practicados en el curso de Piloto, me preparé mentalmente para una situación de riesgo sabiendo qué  prioridades debía tener ante una emergencia y de lo que puedo prescindir.

Comencé por comunicar nuestra posición y situación a la Comisión de Regatas, explicando que la situación estaba controlada, que no era una emergencia, era sólo informar que existía una situación que rápidamente podía pasar a ser incontrolable, también sabía que los veleros de la regata estarían en escucha y tenía a varios cerca.

Volví con el motor, a jugar a ser mecánico, entre risas e ironías de las que estábamos adentro. Entre los inyectores y el VHF se fue pasando el tiempo y continuaba sin tomar una decisión. Logré purgar el motor y volver a encenderlo, lo cual fue una alegría, para mí un tema menos… ahora tenía que tomar una determinación, que  por dentro ya estaba definida ( faltaban mas de 400 millas, no hay nungún puerto alternativo y la profundidad es de más de 600 metros). Pero que era difícil de transmitir debido a que este equipo se armó con muchísimo esfuerzo de la armadora Inge Campoverde y había compromiso con los sponsors, contratos, etcétera.


Mis ayudantes de adentro, que supuestamente estaban descansando, estaban bien despiertas y a la espera de instrucciones. Gaby, habló y dio su opinión, lo cual ayudó a quitarme tanta presión en comunicar que teníamos que abandonar y volver a tierra lo más rápido y seguro posible. Ese era el camino más corto y  no podíamos arriesgarnos a perder el timón o romper la limera. Así no podríamos seguir y hacer 538 millas, no tengo dudas, la posibilidad de hundir el barco era altísima y hubiera sido por negligencia, por no reaccionar. En ese momento me puse las tiras mentales de capitán, sabiendo que tenía el apoyo y el equipo esperando a que las guíe; viramos y pusimos rumbo directo a Salinas, en 7 u 8 horas llegaríamos, ya teníamos motor y con el nuevo rumbo el ingreso de agua era menor. Rápidamente la situación había mejorado con simples cambios, pero yo seguía con la mente en modo emergencia, tengo que proveer flotabilidad hasta llegar a puerto, tengo que estar preparada para lo que sea que pueda pasar, no por estar mejor me voy a relajar y no prepar el barco y la tripulación para un desembarco. Recorrí el barco, reconfirmé que los cuchillos estuvieran donde debían para una emergencia, repase cómo estaban atadas las balsas, pedí que cada una tuviera su linterna a mano, salvavidas y arnés, porque así lo habíamos dispuesto en tierra en la charla de seguridad: esto servía para no preocupar a nadie y al mismo tiempo, saber que estaban preparadas para ir al agua.  Mi lista mental de prioridades a chequear se iba achicando, solo tenía que mantener contacto radial para actualizar mi posición y navegar sin enganchar líneas de pesca, que podrían ayudar a romper el timón. La vuelta se hizo larga, fue una noche larga. La llegada al Yacht Club Salinas fue a las 6:30 de la mañana, todo el ingreso a la zona está rodeado, en el sector sur, por arrecifes, bajos y piedras, así que la tensión duró hasta ingresar a la bahía, toda la navegación fue nocturna, lo cual complicaba la situación.


Gabriela Urristi: El día de la  largada, con gran entusiasmo, y calurosas despedidas de las mujeres ecuatorianas que se encontraban en la escollera  saludando y dándonos ánimo, partimos.
El barco tenia muy buena velocidad, las maniobras prolijas y rápidas ¡Todo venia bien!
No voy a repetir el minucioso relato de Karen sobre la entrada de agua, y la toma de decisión de retornar a puerto, pero  creo que me llamó la atención, que aunque teníamos teléfono satelital, la comunicación era cortada y dificultosa. Después pudimos establecer la comunicación por VHF y pasar nuestra posición al guardacosta. Sin embargo, divisábamos en el horizonte el barrido del reflector del buque, pero ellos no nos veían, y en un segundo como aparecían, desaparecían. Me daba la sensación que encontrar un velero en el mar es como encontrar una aguja en un pajar…
Mi percepción fue que, aunque la tripulación era heterogénea-porque teníamos distintas edades, y por ende, disimiles experiencias-nos unimos y nos ayudamos en todo momento. Y eso fue realmente fundamental.

Francisca Guerrero: Cuando inició la guardia de las 19 hs. me tiré en la cucheta de popa a descansar. Sentía un ruido de agua que me parecía que era adentro del barco que no me dejaba del todo tranquila, pero como en un barco, para mí todo son ruidos nuevos decidí que cuando bajara Karen le comentaría pero con tranquilidad ya que ella estaba resolviendo temas de navegación, tratando de evitar trasmayos en nuestro camino y  problemas del motor que se apagaba. Me ganó de mano, cuando entró me pidió que mirara atrás en el timón. Lo que vi no me gustó nada, en el timón se veía entrar agua, efectivamente lo que había escuchado, era lo que pensaba, el agua estaba adentro de la embarcación y no afuera. De ahí en más lo que hicimos fue resolver problemas trabajando en equipo. En todo momento sentí la tranquilidad de que estábamos haciendo lo correcto, de que Karen, nuestra capitana había tomado la decisión con seguridad y priorizando nuestra integridad, que tenía controlado todo aquello que estuviera en sus manos, previendo las posibles situaciones. Algo que realmente es para valorar es que pese a que la situación podía llegar a ser realmente crítica, en ningún momento se perdió la tranquilidad ni la serenidad, como tampoco el buen humor, es más el clima era relajado y nos reíamos haciendo chistes y el trabajo en equipo fue permanente, apoyándonos y cada una haciendo lo que le tocaba y aportando lo que supiera hacer mejor.

Inge Campoverde:   Yo era parte de la guardia de las 19. Y escuchaba cómo el agua ingresaba en el barco. Karen nos informó de la situación y que debía informar por radio lo que estaba  pasando, en ese momento se me vinieron muchos pensamientos en la cabeza: el primero fue estamos realmente en peligro y debemos dejar la regata, pero por otro lado pensaba en toda la responsabilidad que teníamos con los sponsor, todo el esfuerzo que habíamos invertido en este proyecto.  Mientras sacábamos el agua y conversábamos de la decisión tomada, escuché por la radio la voz de Enrique, mi esposo, que estaba navegando en otro de los veleros y había escuchado por radio del problema que teníamos. En ese momento pensé en mis hijos, quienes también venían en otros veleros y la preocupación que iban a tener si es que habían escuchado el mensaje por radio.  Me sentía nerviosa de todo lo que podía pasar,  pero sentía que habíamos tomado la mejor decisión, que no valía la pena correr ningún tipo de riesgo.  Por otro lado, me sentía muy contenta al darme cuenta el equipo que habíamos formado, que todas supimos mantener la calma y tratamos de ser un apoyo para Karen.  Me di cuenta que fui muy acertada en escoger a Karen como nuestra capitana ¡Y que no podía haber hecho mejor elección!

Queremos agradecer a todas las personas que nos ayudaron y en especial a los sponsors, las empresas Ecuatorianas: Farmacia Fybeca, Marathon explorer, Condor compañía de seguros, Cyclon sports, Puerto Santa Lucia y Yoshi San.