miércoles, 22 de febrero de 2012

Una travesía en velero recuerda la atracción por el continente blanco


(FUENTE: DIARIO LA NACION - BLOG Y REDES SOCIALES VELERO ANTARKTIKOS)

Así como los montañistas sueñan con conquistar el Aconcagua o el Everest, los navegantes adoran el Cabo de Hornos y la Antártida.

Dos amigos argentinos, Osvaldo Mauro, ingeniero en sistemas, y Luis Campi, abogado, ambos de 54 años, se propusieron hace una década tocar suelo antártico, y para ello construyeron un velero especial. Luego de recorrer 4800 millas náuticas en una expedición de más de dos meses, en los que debieron soportar temperaturas bajo cero, fuertes vientos y esquivar hielos, el Antarktikos -nombre de la embarcación- amarró, el sábado pasado, en el puerto de Ushuaia, punto final de su aventura.

Se trata del tercer velero de construcción, tripulación y bandera argentina en llegar al continente blanco. Hacía 18 años que un velero argentino no lograba esa hazaña.



La idea surgió en 2002, cuando Mauro y Campi se conocieron en el curso de Pilotos de Yate de la Escuela Superior de la Prefectura Naval Argentina. Amantes de la navegación desde temprana edad, buscaron convertir en realidad sueños inspirados por las aventuras de los libros de Julio Verne, Joseph Conrad y Marco Polo. Y lo lograron.

"Carlos Saguier Fonrouge fue quien más me enseñó de náutica. Su sueño siempre fue llegar a la Antártida. El me metió la idea en la cabeza. Me contagió su amor por la navegación y quise cumplir aquel sueño frustrado", explicó Mauro a LA NACION.

Osvaldo y Luis decidieron construir un barco adaptado para altas latitudes. La construcción comenzó a fines de 2003 y concluyó en diciembre de 2010. El resultado fue un velero de acero naval de 11 metros de eslora por tres metros y medio de manga que, además, cuenta con un sistema de aislamiento térmico. El nombre se lo debe al libro de Hernán Alvarez Forn, el primer argentino en llegar a la Antártida en velero.

El Antarktikos partió el 7 de noviembre pasado desde el barrio porteño de Núñez y cuatro semanas después llegó a Ushuaia. Ahí amarraron el barco y regresaron en avión a Buenos Aires para pasar las Fiestas con sus familias. Finalmente, el 9 de enero zarparon rumbo al continente antártico.

En el primer tramo hubo una baja muy importante que significó un duro golpe para la tripulación. Luis Campi decidió no continuar con la expedición. "Tengo dos hijos mellizos de catorce meses y los extrañaba mucho. Estando en Ushuaia sentí más deseos de regresar a casa que de proseguir", comentó Campi a LA NACION.

Encontrar quién lo reemplazara no fue fácil. Luis era el que durante más de dos años había estudiado las rutas y cartas. Por eso, a último momento, Mauro debió incorporar a Oscar Lema -con experiencia en navegación- y a Claudio Jurigacek -experto en mecánica-. Pero al sumar a dos personas tuvo que pedirle al cocinero que hasta ese momento los había acompañado, Michel Maurel, que dejara la nave. "Con todo el dolor por una persona que supo ganarse el cariño de todos, le pedí a Michel que no continuara con nosotros", explicó en el blog en donde relataron día a día la travesía ( http://antarktikos.com.ar/blog ).

"No había un punto al que teníamos que llegar sí o sí. El desafío estaba en el recorrido, aunque había tres bases argentinas a las que queríamos ir: la Base Primavera, la Base Decepción y la Base Almirante Brown", dijo Mauro.

"Lo más complicado fue el principio", relató. Cuando se encontraban en medio del pasaje de Drake, con olas de seis metros y vientos de 70 nudos, el eje que conecta el motor con la hélice del velero se desplazó de lugar y por ese espacio comenzó a entrar agua. Conocer el barco al milímetro les sirvió para reparar temporalmente la avería y poder navegar a vela hasta tocar tierra en Puerto Español.

En algunos puntos de la travesía, la tripulación debió aguardar una "ventana meteorológica" -mejores condiciones climáticas- para realizar la navegación.

Durante la expedición, Mauro contó con el apoyo incondicional de su mujer, Soledad Herrera, que todos los días transcribía sus mensajes vía teléfono satelital al blog y también les transmitía, en 120 caracteres, los mensajes de aliento de la gente. "Sentarse a leerlos después de la cena se convirtió en un ritual para la tripulación", contó Mauro.

"Ya no seremos los mismos, esta experiencia maravillosa, de contacto con la naturaleza, el arduo trabajo de equipo y las inclemencias del inmenso mar quedarán con nosotros para siempre", sintetizó el capitán.


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